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Velas e incienso, cuando el supuesto “bienestar” contamina la casa

15/04/2026
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Velas e incienso, cuando el supuesto “bienestar” contamina la casa

15/04/2026

María Teresa Baeza Romero, Universidad de Castilla-La Mancha

Encender una vela aromática o quemar incienso suele asociarse al bienestar, la calma o la espiritualidad. Sin embargo, desde el punto de vista de la química atmosférica, ambos gestos implican algo mucho menos idílico: introducir una fuente de combustión dentro del hogar. Y esto no es recomendable, por varias razones.

Pasamos cerca del 90 % de nuestro tiempo en espacios cerrados, donde los contaminantes no se dispersan fácilmente y pueden alcanzar concentraciones superiores a las del exterior, incluso cuando el aire “parece” limpio.

Qué ocurre realmente cuando encendemos una vela

Cuando encendemos una vela, la mecha no es el combustible. Su función es transportar la cera fundida hasta la llama. Lo que realmente se quema es la cera, que en la mayoría de las velas comerciales es parafina, un derivado del petróleo –aunque también puede ser cera vegetal o de abeja–.

Este proceso de combustión nunca es completamente limpio. Además de dióxido de carbono y vapor de agua, se liberan partículas de muy pequeño tamaño (PM2,5 y ultrafinas) y una mezcla compleja de contaminantes gaseosos, como monóxido de carbono, formaldehído, acetaldehído y compuestos orgánicos volátiles (VOCs).

En interiores poco ventilados, las concentraciones de estas partículas y gases pueden aumentar rápidamente, hasta alcanzar valores comparables a los de entornos urbanos con mala calidad del aire, especialmente, cuando la combustión es inestable o la mecha es demasiado larga.

El incienso, una fuente de emisiones

El incienso suele percibirse como una alternativa “natural” a las velas perfumadas. Sin embargo, la evidencia científica indica que su impacto sobre la calidad del aire interior es, en general, mayor y más preocupante.

Durante su combustión, el incienso emite grandes cantidades de partículas finas y ultrafinas, además de monóxido de carbono, óxidos de nitrógeno y numerosos VOCs aromáticos.

Un resultado especialmente relevante es que aproximadamente un 4,5 % de la masa del incienso se convierte en partículas que podemos respirar. Esto es aproximadamente cuatro veces más que un cigarrillo. Así, el incienso es una de las principales fuentes de contaminación del aire interior en hogares de no fumadores.

No todas las partículas son iguales: el potencial oxidativo

Durante años, el riesgo para la salud se evaluó principalmente en función de la masa de partículas presentes en el aire. Hoy sabemos que esto es insuficiente. Un parámetro clave es el potencial oxidativo, que describe la capacidad de las partículas para dañar nuestros tejidos pulmonares.

Las partículas procedentes del incienso presentan de forma consistente un potencial oxidativo elevado, comparable o, incluso, superior al de partículas asociadas al tráfico urbano.

Las velas también emiten partículas con actividad oxidativa, especialmente cuando son de parafina, están perfumadas o arden de forma inestable. No obstante, su potencial oxidativo medio suele ser inferior al del incienso, que genera aerosoles más reactivos y con mayor capacidad de inducir estrés oxidativo respiratorio.

El papel de las fragancias: el aroma complica la química

El tipo de cera influye en las emisiones, pero no es el único factor. Las fragancias, tanto naturales como sintéticas, introducen nuevos compuestos en el cóctel de la mezcla emitida.

Durante la combustión, muchos perfumes liberan VOCs reactivos que pueden transformarse en otros contaminantes, como aldehídos –compuestos orgánicos volátiles irritantes formados por oxidación– y aerosoles orgánicos secundarios –partículas microscópicas que se generan en el aire a partir de reacciones químicas–, lo que incrementa tanto la cantidad como la reactividad de los contaminantes presentes en el aire interior.

Así, una vela comercializada como “natural” puede dejar de serlo, desde el punto de vista de la química del aire, si está intensamente perfumada.

Evidencias sobre efectos en la salud

La exposición continuada a los contaminantes emitidos por velas e incienso se ha asociado con irritación de las vías respiratorias, empeoramiento del asma y disminución de la función pulmonar, especialmente, en niños y personas con patologías respiratorias previas.

En regiones donde el uso de incienso es diario y prolongado, diversos estudios epidemiológicos han encontrado asociaciones con enfermedades respiratorias crónicas e, incluso, cáncer de pulmón, lo que refuerza la preocupación por este tipo de exposición doméstica.

¿Qué es peor para la salud: una vela o el incienso?

Si se comparan ambos en condiciones similares de uso, la evidencia converge: el incienso emite mucha más cantidad de partículas con mayor potencial oxidativo, libera una mezcla gaseosa más compleja y reactiva y cuenta con mayor respaldo epidemiológico de efectos adversos.

Esto no significa que las velas sean inocuas, sino que, en términos generales, el incienso representa la fuente más agresiva de contaminación del aire interior entre las dos.

Respirar mejor empieza con gestos pequeños

En casa, solemos juzgar el aire por el olor o por lo que vemos. Si no huele mal y no hay humo a la vista, damos por hecho que es limpio. Sin embargo, la contaminación más relevante en interiores es invisible y se acumula poco a poco, sin avisar.

La química nos recuerda algo esencial: el bienestar no se quema ni se huele, se respira.

Por eso, reducir la exposición no pasa por prohibiciones radicales, sino por gestos informados y sostenibles. Usar velas y ambientadores de combustión de forma ocasional, limitar su duración, mantener las mechas cortas y la llama estable, ventilar bien durante y después de su uso, priorizar velas sin perfume y evitar el uso habitual de incienso en interiores son decisiones sencillas que marcan la diferencia.

Pequeños cambios cotidianos pueden reducir de forma significativa la cantidad de contaminantes que inhalamos. Porque cuidar el aire interior no consiste en renunciar al confort, sino en entender qué estamos respirando y cuándo merece la pena hacerlo.The Conversation

María Teresa Baeza Romero, Catedrática de Universidad. Dpto. Química-Física. Escuela Técnica Superior de Ingenieros Agrónomos de Ciudad Real. Inamol., Universidad de Castilla-La Mancha

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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